La sala de urgencias de un hospital es una colección de miradas perdidas y caras largas, se respira incertidumbre y se escucha periódicamente el parloteo enlatado de los megáfonos, que llama a los pacientes por el nombre completo de una manera fría y mecánica.
La gente entabla conversaciones con referencias a la lentitud del servicio sanitario, o hacen comentarios sobre otros pacientes que no tienen opción de pararse a pensar en nada mas que su problema, siendo estos, un blanco fácil de la opinión ajena. ¿Qué nos mueve, por lo general, a tener la necesidad de comentar? Comentar, comentar blablabla! hasta cuando decimos lo de” no coment”, ya estamos haciendo una valoración crítica a lo sucedido.
En los hospitales todo va muy rápido para los médicos y muy lento para los pacientes, el tiempo es relativo aquí más que en ningún sitio.
Es curioso como el calzado de los sanitarios, ha pasado de ser un zueco aburrido blanco o negro a una especie de esponja de colores: rosa, verde, azul, blanca…es el único toque alegre que se puede ver en un sitio tan deprimente.
La cantidad de ancianos allí reunidos es siempre del 70% así a ojo. Es como un taller mecánico, donde los coches viejos están por averías y los nuevos por golpe o defecto.
No encuentro muchos aspectos cómicos en un lugar donde se va a recibir atenciones por algo que nadie desea, bueno algunos si, pero normalmente no suelen estar en urgencias.
Hay personas adictas a la atención médica y sacan de quicio cualquier problema de salud, creo que su vida gira entorno a una silla de esas de plástico de la sala de espera con la forma de sus posaderas.
Visitar hospitales es un coñazo sea por el motivo que sea, como las nauseas abrazado a la taza del retrete, pero necesario si no quieres pringar.











